Estoy cansada de esta situación, o más bien de ti, de no poder decirte lo que siento, porque algo siento aunque me sea difícil reconocerlo.
El corazón me late fuertemente cuando estás cerca, si te veo mis manos comienzan a temblar, me falta el aire, dudo, quisiera salir a tu encuentro, pero… no puedo.
Si tan solo tuviera la certeza de que despierto tu interés, aunque fuera el más mínimo, pero no, tú no piensas en mí, no correspondes a mis sentimientos, ni mucho menos te imaginas que alguien te escribe a estas horas de la noche una carta así.
Respiras, vives, amas y yo no estoy a tu lado. Sonríes o tal vez lloras y no puedo enjugar tus lágrimas. Mi único consuelo es poder verte a través de esa ventana de la casa de mi madre, frente al cual regresan los momentos en los que pude escuchar el sonido de tu voz, el viento que corría y despeinaba tus cabellos.
Extraño tus estúpidas bromas, las veces en las que me dejaste ganar, las caminatas de regreso a casa, las miradas inocentes que aparentemente no decían nada pero que en el fondo lo eran todo.
Si "sufro" es porque así lo decidí. Tengo miedo de enfrentarte y desilusionarme, de que la imagen que tengo de ti se venga abajo.
¿Cambiaste en los últimos años? ¿Te acuerdas de mí?, ¿de mi nombre?, ¿Podrías suponer que yo algún día sentiría todo esto?... no, me temo que no.
Esta es mi confesión.
Gracias por haberme dado tantas cosas sin saberlo.
Gracias por haber sido el príncipe (más sapo que príncipe), de este extraño cuento infantil.
Me despido, tal vez para siempre, como antes lo hacía: con una sonrisa tímida, una mirada de soslayo y un silencioso adiós.